“A veces, sobrevivir ya es un acto de heroísmo”, escribió Toni Morrison, una frase que resume el testimonio de una mujer que narra cómo un embarazo no planificado a los 19 años marcó el rumbo de su vida durante dos décadas. Criada en un entorno donde el error no tenía lugar, el miedo y la vergüenza la empujaron a enfrentar un aborto clandestino en soledad, una experiencia que —según confiesa— vivió como una condena moral irreversible. “Sentía que todos me miraban, como si supieran que yo era una asesina”, recuerda, describiendo una culpa que la acompañó en silencio y deterioró su relación de pareja.
Ese secreto se convirtió en el cimiento de un matrimonio que, desde el inicio, estuvo atravesado por el dolor. Volver con su expareja fue, para ella, una forma de escapar del aislamiento emocional: “Era el único que conocía mi peor cara”. Con el paso de los años llegaron tres hijos, pero no la paz. La violencia, la incomunicación y la disociación emocional se volvieron parte de la rutina, mientras la presión social y familiar reforzaba la idea de “aguantar” como sinónimo de estabilidad. “Ante los ojos de mi madre, yo era la hija que había hecho las cosas bien”, relata, pese a sentirse “muerta en vida”.
El quiebre llegó tras una crisis nerviosa y una internación psiquiátrica que precedieron al final del matrimonio. Libre por primera vez de la mentira, decidió contar su historia a su hermana y empezar a mirarse con compasión. “No me curé ni me olvidé, pero aprendí a vivir sin odiarme”, afirma. El testimonio, compartido por el escritor Juan Tonelli, pone en el centro un tema silenciado: el impacto emocional de decisiones tomadas en contextos de miedo, ilegalidad y ausencia de contención. Ponerle palabras —sugiere el relato— no borra el dolor, pero lo vuelve habitable.