ESCRIBE. Dante E. Zegarra López
Periodista e investigador de Arequipa
Cuando Emilio Lissón Chávez fue nombrado obispo de Chachapoyas en 1909, tenía 37 años. Recibía entonces una responsabilidad enorme en una diócesis extensa y geográficamente difícil. No era un territorio donde bastara esperar a los fieles en la sede episcopal. Las distancias, los caminos y las condiciones de comunicación exigían otra manera de ejercer el episcopado.
Lissón decidió recorrer la diócesis. Caminó, utilizó caballos y canoas. Enfrentó desplazamientos difíciles para llegar a comunidades alejadas de los centros urbanos. Su episcopado adquirió así un marcado carácter misionero.
Su madre, “mamá Dolores”, lo acompañó durante parte de esos nueve años. No fue una presencia meramente familiar, pues compartió con su hijo las dificultades de aquella misión episcopal.
La experiencia en Chachapoyas permite conocer una característica fundamental de Lissón. Para él, evangelizar no podía significar solo administrar sacramentos o pronunciar sermones.
La pobreza exigía respuestas concretas. Por eso impulsó iniciativas educativas, sociales y productivas que permitían modificar las condiciones de vida de las personas más necesitadas.
Reconstruyó la residencia episcopal, el seminario y la catedral. También promovió la instalación de la electricidad en estos espacios y en la ciudad de Chachapoyas.
Fundó talleres de mecánica, imprenta y carpintería. También promovió un aserradero y un molino de arroz, con la finalidad de generar puestos de trabajo y atender necesidades sociales.
La diferencia entre hablar de los pobres y trabajar con los pobres surge aquí con bastante claridad. Lissón procuró crear instrumentos que permitieran superar algunas de las causas materiales de la pobreza.
La educación ocupó igualmente un lugar importante. Creó el Instituto de Hermanas de Santa Rosa para atender a niños desamparados y promovió escuelas vinculadas con la Iglesia.
Su preocupación alcanzó, también, la organización institucional. Convocó sínodos diocesanos y fundó el periódico provincial
El Orden.
La comunicación formaba parte de su proyecto pastoral. Una Iglesia que quería educar necesitaba también instrumentos para informar, formar y dialogar con la sociedad.
De esta etapa procede buena parte de la imagen de Lissón como “obispo de los pobres”. No se trata únicamente de una denominación afectuosa, sino de una característica vinculada a sus iniciativas y a su manera de ejercer el ministerio.
En Chachapoyas, el obispo no permaneció encerrado en su despacho. Salió a los caminos, visitó comunidades y conoció personalmente las dificultades de una población que vivía lejos de los centros de decisión.
Esa actitud tiene una vigencia que supera su tiempo. La autoridad, cuando quiere servir, necesita conocer directamente la realidad sobre la cual debe actuar.
Lissón comprendió que la evangelización tenía una dimensión humana inseparable. La persona necesitaba doctrina, pero también educación, trabajo, asistencia y dignidad.
Su experiencia amazónica fue decisiva para su posterior actuación en Lima. Cuando llegó a la capital en 1918, llevó consigo aquella concepción de un episcopado cercano y activo.
Antes de ser una figura histórica, Lissón había sido un obispo caminante. Y quizá esa sea una de las mejores maneras de comprender su legado.
(Desde el lunes 2 de noviembre presentamos reportajes exclusivos para que conozcan la historia del monseñor Lissón y sobre su expediente que inicia el camino a la santidad. Véanlo en diarioviral.pe)