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Emilio Lissón: la historia del arzobispo peruano que continuó su vocación lejos del poder

Tras dejar el Arzobispado de Lima en 1931, vivió en Roma y España, donde mantuvo su labor pastoral hasta su muerte en 1961.

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DIARIO VIRAL

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Hay momentos en la vida de un hombre público en los que desaparecen los cargos y queda sólo la persona. Para Emilio Lissón, ese momento llegó después de su salida del Arzobispado de Lima.

El 8 de enero de 1931 renunció a la sede de Lima y partió hacia Roma. Había finalizado una etapa de trece años como arzobispo y comenzaba un período marcado por la distancia, la sencillez y el silencio.

Según la documentación reunida para su causa, el papa Pío XI le indicó personalmente que no debía defenderse, porque no estaba siendo procesado. Lissón aceptó la indicación y no convirtió su situación en una campaña pública de reivindicación.

Esa actitud puede comprenderse mejor desde la espiritualidad vicentina. La obediencia no era para él una palabra decorativa, sino una exigencia que debía mantenerse incluso cuando las circunstancias resultaban adversas.

Durante nueve años permaneció en Roma. Su vida se desarrolló lejos de la posición de poder que había ocupado en Lima y en condiciones mucho más modestas.

La historia de muchos personajes públicos suele centrarse en los años de esplendor. La de Lissón tiene particular interés precisamente cuando desaparecen los honores.

En 1940 se trasladó a España. Allí fue obispo auxiliar en Sevilla y luego en Valencia, donde continuó desarrollando actividades pastorales y manteniendo contacto con personas necesitadas.

El cambio de escenario no modificó su orientación fundamental. El hombre que había recorrido la Amazonía peruana volvió a acercarse a comunidades y personas desde una condición distinta.

La autoridad episcopal continuaba existiendo, pero había cambiado su naturaleza. Ya no estaba vinculada al gobierno de una arquidiócesis como la de Lima, sino al servicio cotidiano de una Iglesia local.

Esa diferencia resulta importante. El poder institucional puede desaparecer en un día, mientras que una vocación auténtica necesita sobrevivir a los cambios de las circunstancias.

Lissón no regresó al Perú para recuperar la posición perdida. Tampoco convirtió sus últimos años en una  reivindicación permanente de su pasado.

Murió en Valencia el 24 de diciembre de 1961. Sus restos permanecieron en España hasta 1991, cuando fueron trasladados al Perú y recibidos en Lima.

Entonces, el regreso de sus restos mortales tuvo un significado que rebasaba el momento funerario. Era el retorno físico de un hombre que había concluido sus días lejos de la tierra donde había nacido y ejercido buena parte de su ministerio.

La historia de Lissón puede leerse, por eso, como una historia de desplazamientos. De Arequipa pasó a París, de allí al Perú, luego a Chachapoyas, Lima, Roma y España.

Pero hubo algo que no cambió con los kilómetros. Su vocación sacerdotal siguió siendo el hilo conductor de toda su existencia.

Desde una perspectiva cristiana, quizá allí se encuentre una de las claves de su memoria. El Evangelio no promete conservar los cargos, sino permanecer fiel a una misión.

Lissón perdió una sede episcopal, pero no perdió el sentido de su sacerdocio. Dejó de gobernar una arquidiócesis, pero continuó sirviendo.

Ese es el episodio de su vida que merece ser estudiado con especial atención. Porque cuando desapareció el poder, quedó al descubierto qué clase de hombre había sido.
 

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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