A los 12 años, Gabriela comenzó a perder el apetito sin que su madre entendiera que detrás de cada comida que rechazaba había una historia que recién empezaba. Todo se desencadenó después de un episodio que involucró a su familia y dinero de actividades de la Apafa.
Liliana Condori, madre de Gabriela, era entonces vicepresidenta de la Apafa y apoyaba en el cobro del dinero recaudado. Según su testimonio, mientras acompañaba a su esposo, quien debía ser operado de emergencia, llevaba consigo parte de ese dinero cuando fue sustraído.
Liliana asegura que ella no era la tesorera y que, tras la pérdida del dinero, fue señalada por lo ocurrido. Los cuestionamientos no quedaron entre adultos. Según relata, comenzaron a llegar hasta Gabriela, quien empezó a escuchar insultos y señalamientos por una situación que no había provocado.
“¿Dónde está la hija de la ratera?”, recuerda Liliana que le decían a su hija.
Los comentarios comenzaron a afectar a Gabriela. La menor empezó a sentir ansiedad, comía chicle constantemente cuando estaba nerviosa, ocultaba los alimentos y dejó de querer asistir a clases. Su madre cuenta que intentó advertir que su hija estaba siendo afectada emocionalmente, pero sintió que nadie la escuchaba.
“Yo les decía que eso era bullying. Nadie me creía”, recuerda.
La situación terminó reflejándose en su cuerpo. A los 12 años, Gabriela pesaba 52 kilos y posteriormente llegó a los 40. Fue llevada al hospital Goyeneche, donde, según su madre, recibió el diagnóstico de anorexia nerviosa.
“Mi hija me la estaban matando. Mi hija sigue luchando”, dice Liliana, con la voz quebrada, al recordar el inicio de una enfermedad que seis años después todavía permanece en su familia.
RECAÍDA. Gabriela tiene ahora 18 años, pero su recuperación ha estado marcada por recaídas. Una de las más graves ocurrió después de otra tragedia familiar.
Su padre sufrió graves quemaduras tras la explosión de un balón de gas y permaneció hospitalizado durante meses. Mientras la familia enfrentaba esa emergencia, Gabriela guardó sus emociones y, según Liliana, volvió a deteriorarse.
Llegó a pesar aproximadamente 25 kilos.
Con el acompañamiento de su familia, Gabriela logró recuperar parte de su peso y actualmente bordea los 38 kilos. Sin embargo, todavía enfrenta consecuencias de la enfermedad. Liliana cuenta que presenta dificultades para evacuar y necesita una resonancia para conocer el estado de su intestino.
La alimentación también requiere cuidados especiales. Gabriela consume yogur, leche y suplementos nutricionales como Ensure entre tres y cuatro veces al día.
Cada suplemento representa un gasto adicional para una familia golpeada también por la enfermedad del padre. Él todavía no puede trabajar debido a las quemaduras y Liliana se ha convertido en el principal sustento del hogar.
LUCHA QUE CONTINUA. Para Liliana, la anorexia no es solamente dejar de comer. Es una enfermedad que, según ha vivido junto a su hija, también afecta la mente y puede hacer que una persona rechace incluso la ayuda que necesita.
“Es como lo peor que el cáncer. El cáncer a veces lo podemos controlar, pero la mente es tan traicionera”, sostiene.
A pesar de los años difíciles, Gabriela todavía tiene sueños. Su madre cuenta que quiere estudiar Psicología y algún día ayudar a otros jóvenes para que no guarden silencio cuando atraviesen situaciones que los lastimen.
En casa, sus hermanos también forman parte de su recuperación. La familia intenta acompañarla en cada comida y permanecer cerca de ella.
Liliana sabe que todavía queda un largo camino, pero se niega a rendirse.
“Lo único que digo es que no nos callemos. Por nuestros hijos, verdaderamente, no callarnos”.
Hoy, Gabriela continúa luchando desde casa. Su familia busca recursos para sus exámenes, alimentación y tratamiento, mientras intenta devolverle poco a poco una vida que la enfermedad fue deteniendo.
Las personas que deseen apoyar a Gabriela y su familia pueden comunicarse al siguiente número: 957 653 281