Arequipa vuelve a vestirse de fiesta y sus calles recuperan ese orgullo que durante agosto parece multiplicarse. El tradicional paseo del estandarte y la bandera, desde San Lázaro hasta la Basílica Catedral, reúne a escolares, danzantes, músicos, autoridades, arequipeños y visitantes. Es una hermosa manera de vivir las vísperas, recordar nuestra historia y reencontrarnos con una ciudad que no necesita demasiadas explicaciones para demostrar por qué la queremos.
Pero una celebración también puede convertirse en una oportunidad para recordarles a nuestras autoridades que Arequipa no solo necesita discursos, desfiles y fotografías. La ciudad necesita que sus representantes estén presentes y trabajen juntos. La alcaldesa provincial, como máxima autoridad municipal, tiene la responsabilidad de encabezar las celebraciones, pero también necesita a su lado al gobernador regional, congresistas y demás autoridades para construir una agenda común que atienda los problemas que la ciudad arrastra durante todo el año.
No podemos acostumbrarnos a que la presencia de las autoridades más representativas sea mayor durante las ceremonias que durante las jornadas en las que Arequipa reclama soluciones. La ciudad enfrenta problemas de transporte, crecimiento urbano desordenado, pérdida de campiña, inseguridad, falta de planificación y enormes desafíos ambientales. El aniversario debería servir para renovar compromisos y demostrar que la identidad arequipeña no se limita a una bandera o un corso.
Que estas fiestas nos permitan celebrar con orgullo, pero también exigir resultados. Arequipa merece autoridades que caminen juntas, que dejen de lado diferencias políticas y que entiendan que representar a la ciudad significa estar presentes cuando hay que resolver sus problemas. Que el estandarte no sea únicamente un símbolo que se pasea por las calles, sino una invitación a asumir el compromiso de cuidar y construir la Arequipa que heredaremos a las próximas generaciones.