REFLEXIONES
Javier Del Río Alba, Arzobispo de Arequipa
Celebramos hoy la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, más conocida por su nombre en latín: Corpus Christi. Esta fiesta nos remonta a la última cena, en la que, a través de algunos signos y palabras, Jesús anticipa lo que realizará poco después: su pasión, muerte y resurrección. Misterio de amor a través del cual Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, se entrega a la muerte por nosotros, para cumplir en plenitud la misión para la cual el Padre lo envió: el perdón de nuestros pecados en virtud de su sangre redentora.
En la cruz, Jesús se entrega totalmente confiado a la voluntad de su Padre, porque sabe que su Padre no lo abandonará en la muerte. Y, ciertamente, Dios Padre acoge el sacrificio de su Hijo, lo resucita de entre los muertos y, llevándolo con él al cielo, el Padre y el Hijo nos envían desde ahí el Espíritu Santo, que los cristianos recibimos el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Es el mismo Espíritu que Dios envía a la Iglesia cada día, de modo especial cuando celebramos el sacramento de la eucaristía, memorial de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
La fiesta del Corpus Christi nos traslada al cenáculo, el lugar donde se celebró la última cena, y al mismo tiempo nos recuerda la presencia permanente de Jesús entre nosotros; porque cuando Jesús subió al cielo no se olvidó de la Iglesia, ni de la humanidad, sino que también se quedó en este mundo. Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, está realmente presente entre nosotros, en su cuerpo y en su sangre, en su alma y en su divinidad, en la hostia consagrada en la celebración de la eucaristía. Por eso, en la santísima Eucaristía se encierra todo el bien espiritual de la Iglesia.
La fiesta del Corpus Christi nos recuerda que Dios nos ha creado para vivir en comunión con él y con todos los hombres, y que Jesús instituyó la eucaristía para que participemos de su victoria sobre el pecado y la muerte. En ese sentido, esta fiesta es también una invitación a participar siempre en la misa dominical y a, debidamente confesados, recibir en ella la comunión eucarística para experimentar, en lo profundo de nuestro ser, que también nosotros, poco a poco, vamos siendo divinizados.
Finalmente, la fiesta del Corpus Christi nos recuerda también que la presencia real de Cristo está en los sagrarios de todos nuestros templos y capillas, y que Jesús espera ahí nuestra visita. Los momentos de intimidad con Jesús ante el sagrario nunca son tiempo perdido, porque estando ante él, Jesús nos da su gracia para que podamos vivir santamente, ser felices en este mundo y, llegado el momento de partir, alcancemos con él la gloria de la resurrección y vivamos con la Santísima Trinidad por toda la eternidad.