Mientras muchos seguían atentos el resultado electoral, una declaración del pedagogo León Trahtemberg generó debate en redes sociales y planteó una pregunta más profunda que la simple competencia entre candidatos. Según él, el sistema educativo peruano forma cobardes.
La palabra incomoda, y por eso vale la pena prestarle atención. Trahtemberg no se refiere a la cobardía física ni moral en un sentido estricto. Su idea es diferente: el sistema educativo peruano hace que las personas sean menos propensas a pensar por sí mismas. Afirma que durante años la escuela ha enseñado a obedecer en vez de razonar, a repetir en vez de comprender y a aceptar en vez de cuestionar.
La acusación apunta al corazón mismo del modelo educativo. Currículos uniformes, evaluaciones estandarizadas, burocracia creciente y escasa autonomía para docentes y colegios terminan por construir un sistema en el que la creatividad suele verse como una amenaza antes que como una virtud.
El alumno aprende pronto cuáles son las reglas: no interrumpir, no discrepar demasiado, responder lo esperado y evitar errores. Así se refuerza la conformidad y se desalienta el pensamiento propio.
Lo preocupante es que la crítica encuentra respaldo en resultados difíciles de ignorar. Persisten graves problemas de comprensión lectora, razonamiento matemático y pensamiento analítico. Millones de peruanos no concluyen la educación básica y una proporción significativa de jóvenes no encuentra luego un camino claro hacia estudios superiores o empleo de calidad. El problema ya no parece ser únicamente de cobertura o infraestructura. También es de propósito.
Oficialmente, el sistema busca formar ciudadanos libres, responsables, críticos y creativos. El currículo nacional así lo declara. Sin embargo, entre el discurso y la realidad aparece una brecha que atraviesa aulas, evaluaciones y prácticas pedagógicas. La escuela que debería enseñar a pensar continúa, con demasiada frecuencia, enseñando a memorizar.
Las consecuencias trascienden los muros escolares. Una democracia necesita ciudadanos capaces de contrastar información, evaluar propuestas y disentir sin convertirse en enemigos. Cuando esas capacidades son débiles, prosperan el voto emocional, la desinformación, el populismo y la búsqueda permanente de caudillos salvadores. Una sociedad que no aprende a debatir termina refugiándose en consignas.
Cerca del 70 % de los electores votó en segunda vuelta por una opción que no era su preferida. Más que un respaldo entusiasta, predominó el voto defensivo. El resultado confirma una fractura política que el país arrastra desde hace años.
Sin embargo, la cuestión central ya no es quién ganó, sino qué hará con esa victoria. Gobernar exige algo más que vencer en las urnas. Exige tender puentes, reconocer que millones de ciudadanos pensaron distinto y entender que la democracia no puede construirse sobre la lógica permanente del enfrentamiento.
Esa tarea conduce inevitablemente a la educación. Una sociedad acostumbrada a desconfiar del discrepante, a repetir consignas antes que debatir ideas y a buscar salvadores antes que instituciones revela una formación ciudadana insuficiente.
Tal vez haya llegado el momento de emprender la reforma que sucesivos gobiernos han postergado. No otra colección de ajustes menores, sino una transformación capaz de preparar a los jóvenes para un mundo marcado por la inteligencia artificial, la innovación y el aprendizaje permanente.
La elección terminó. El verdadero desafío comienza ahora. Y quizá el legado más importante que pueda dejar el próximo gobierno sea impulsar un gran acuerdo nacional para convertir la educación en una auténtica política de Estado. Ninguna obra pública tendría efectos más profundos ni más duraderos.