Hubo una época en que las calles de Arequipa se reconocían tanto por sus casonas de sillar como por las voces que las recorrían. Antes de que el ruido de los motores lo cubriera todo, los días estaban acompañados de pregones, herramientas y personajes que formaban parte del paisaje cotidiano.
El afilador, con su silbato inconfundible, recorría los barrios devolviendo el filo a cuchillos y tijeras. El zapatero remendón instalaba su pequeño taller en una esquina y daba una segunda vida al calzado. El lustrabotas esperaba junto a las plazas, y el fotógrafo ambulante retrataba a familias enteras con la Catedral de fondo. Eran trabajos sencillos, pero sostenían hogares y daban movimiento a la ciudad.
Aquellos oficios también eran una forma de comunicación. Quienes los ejercían conocían a los vecinos por su nombre, sabían quién había regresado de viaje y quién esperaba una visita. Una breve conversación mientras se arreglaba un zapato podía convertirse en un momento de compañía y cercanía.
Los tiempos han cambiado. Los productos desechables, el comercio moderno y las compras por internet hicieron que reparar dejara de ser costumbre. Hoy resulta más rápido reemplazar que arreglar, y muchos oficios fueron quedando sin relevo.
Algunos de estos oficios sobreviven en mercados, portales y barrios tradicionales, gracias a quienes se resisten a abandonarlos. Verlos trabajar es presenciar un aprendizaje transmitido de padres a hijos, que merece reconocimiento, respeto y apoyo de toda la ciudad.
Recordarlos no significa pedir que todo vuelva a ser como antes. Significa reconocer el valor del trabajo manual, la paciencia de un oficio aprendido de generación en generación y la dignidad de quienes ganaban su sustento con sus propias manos.
Arequipa también puede ser contada a través de estos personajes. En el silbato que casi ya no se escucha, en la banca vacía del lustrabotas o en el taller que cerró sus puertas, permanecen señales de una ciudad construida con esfuerzo cotidiano.
Quizás allí se encuentre parte del verdadero patrimonio arequipeño: no solo en sus templos y portales, sino en la memoria de quienes, con trabajo humilde, dieron voz y movimiento a sus calles.