Hay noticias que duran unos días y luego desaparecen, pero algunas deberían servir para mirarnos como sociedad. Lo ocurrido recientemente con una integrante de La Bella Luz vuelve a poner sobre la mesa una realidad que no pertenece únicamente a los escenarios musicales: mujeres que sienten miedo, incomodidad o angustia cuando un varón insiste en acercarse, tocarlas, abrazarlas, besarlas o buscar un saludo que ellas claramente no desean. El problema comienza cuando alguien cree que tiene derecho a interpretar un “no” como timidez, coquetería o una invitación para insistir.
Todavía existen hombres que, amparados en su edad, posición, carácter o supuesto poder, esperan encontrar a una mujer sola para acercarse con una confianza que ella nunca les concedió. Puede ser un beso, un abrazo, una caricia, una mano sobre el cuerpo o simplemente invadir un espacio personal. Y cuando ella se aparta, algunos creen que “se hace la difícil”. No, señores: está poniendo un límite. En una oficina, en una agrupación musical, en una empresa, en una reunión o en cualquier lugar, nadie está obligado a entregar contacto físico por cortesía. El consentimiento no se presume y el respeto no depende de la jerarquía.
Lo más preocupante es la facilidad con la que algunas conductas son minimizadas: “no me di cuenta”, “ella exagera”, “solo estaba bromeando, “así soy yo” o “nunca tuve malas intenciones”. Tal vez allí esté una de las formas más peligrosas de normalización, porque se pretende que la mujer cargue con la responsabilidad de explicar por qué se sintió vulnerada. Quien al acercarse invade la tranquilidad de otra persona debe aprender a reconocer sus propios límites y entender que el poder, la edad o la confianza que cree tener no le conceden ningún derecho sobre el cuerpo ni sobre la voluntad ajena.
Ojalá esta vez aprendamos algo que debería ser elemental. Las mujeres no tienen que sonreír, abrazar, besar ni saludar de la manera que alguien espera para demostrar educación; tampoco tienen que soportar situaciones incómodas para evitar conflictos en su trabajo. Hombres y mujeres somos seres pensantes y debemos saber distinguir una muestra de afecto consentida de una conducta invasiva. Si una mujer dice «no», se aparta o demuestra incomodidad, hay una respuesta sencilla: detenerse. No hay nada de difícil en comprenderlo. Lo difícil es seguir creyendo que una mujer exagera cuando lo único que está haciendo es defender su dignidad.