En Arequipa, las elecciones presidenciales no siempre fueron solo una fecha en el calendario. Hubo un tiempo en que representaban una verdadera pausa en la rutina para dar paso a una experiencia colectiva, casi festiva, donde la ciudad se reconocía en el ejercicio de decidir su destino.
Días antes de la votación, el ambiente empezaba a transformarse. Bastaba recorrer el centro para notar el cambio. Las conversaciones giraban en torno a candidatos, propuestas y rumores. En las esquinas, en los mercados y en las puertas de las tiendas, la política se volvía tema cotidiano. No era necesario buscar información, esta circulaba en la voz de la gente.
La ciudad adquiría un ritmo distinto. Las calles se llenaban de colores con banderolas y afiches, mientras las caravanas avanzaban entre bocinas y música. No se trataba solo de propaganda, sino de una forma de presencia pública donde cada grupo mostraba su identidad política. Familias enteras participaban, y los más jóvenes aprendían el valor del voto.
El día de las elecciones tenía una atmósfera particular. Desde temprano, los colegios abrían sus puertas y recibían a ciudadanos que llegaban con una mezcla de responsabilidad y expectativa. Afuera, la escena era igualmente viva, vendedores ofreciendo desayunos, vecinos conversando en grupos, y ese murmullo constante que anunciaba que algo importante ocurría.
En el centro, el movimiento era incesante. Las personas iban y venían, algunas tras cumplir con su deber, otras acompañando a familiares. La jornada se vivía con naturalidad que hoy resulta difícil de replicar. No había prisa excesiva, pero tampoco indiferencia. Era un momento compartido.
Con el paso del tiempo, esa dimensión cultural ha ido cambiando. La inmediatez, la desconfianza y las nuevas formas de informarse han modificado la manera en que se viven las elecciones. Sin embargo, en la memoria de muchos arequipeños persiste esa imagen de una ciudad que, al votar, también se encontraba consigo misma.
Quizás por eso, a pocos días de una nueva elección, vale la pena recordar que, más allá del resultado, hubo una época en que la democracia no solo se ejercía en las urnas, sino que se respiraba en cada rincón de la ciudad.