El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos y el 2 conmemoramos a los Fieles Difuntos. Dos celebraciones muy vinculadas entre sí y con nosotros. En la primera festejamos a aquellos hermanos nuestros que murieron en gracia de Dios y perfectamente purificados, han alcanzado la salvación eterna, viven para siempre con Cristo y, desde el Cielo, interceden por nosotros. En la segunda, nos interesamos, rezamos y ofrecemos sufragios por quienes murieron en gracia de Dios pero no perfectamente purificados, para que obtenida la santidad que les falta entren en la alegría del Cielo. El fundamento de ambas celebraciones es lo que en la Profesión de Fe (Credo) sintetizamos con el término “comunión de los santos”, «por la que la Iglesia del Cielo, la que tiende a la purificación final en el estado llamado “Purgatorio” y la que peregrina sobre la tierra, están en comunión en la misma caridad de Dios y del prójimo» (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 210). Esto es posible porque todos los que son de Cristo forman una sola Iglesia y, por el Espíritu Santo, están unidos a Él y entre ellos. De esta manera, los que todavía estamos en la tierra podemos interceder por quienes están en el purgatorio y quienes ya llegaron al Cielo pueden, y de hecho lo hacen, interceder por nosotros.
Las celebraciones de estos dos días se comprenden bien a la luz de otras verdades que forman parte de la Revelación: la inmortalidad del alma y el juicio particular. Conforme a la primera, el hombre es una unidad de cuerpo material, finito y corruptible, y alma espiritual inmortal. Al morir, el hombre no deja de existir, sino que continúa viviendo en su alma espiritual y se presenta al juicio particular. Según el estado en que se encuentre en ese momento, cada hombre recibe inmediatamente, en su alma inmortal, la retribución eterna: entra en la bienaventuranza del Cielo, sea directamente o después de la debida purificación, o se condena para siempre en el infierno (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022). Esto significa que, una vez muertos, los hombres no podemos hacer méritos para cambiar nuestro destino eterno. Posteriormente, cuando Cristo vuelva, al final de los tiempos, realizará el juicio final, que no sólo confirmará el juicio particular, sino que será entonces cuando, como enseña san Pablo: «si el Espíritu que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales» (Rom 8,11), y «los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1060).
Así, pues, la celebración de Todos los Santos nos invita a contemplar la obra de Dios en nuestros hermanos y hermanas que en este mundo destacaron como signo profético de la vida futura y son testigos históricos de que Dios nos ha creado para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor (Ef 1,4). La conmemoración de los Fieles Difuntos, por su parte, nos recuerda la importancia de rezar por quienes han partido de este mundo y necesitan ser purificados para entrar al Cielo, y de pedirle también al Señor que nos ayude a vivir siempre en comunión con Él y alcanzar así la gloria eterna.