Opinión

De Sarratea al chifa: cuando el poder insiste en equivocarse

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LIBERTAD MERMA

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El viernes 16 de enero, el exministro Walter Ayala  presentó una  denuncia penal contra el presidente José Jerí, este hecho no es solo un nuevo episodio judicial: es, sobre todo, un golpe severo a la ya frágil imagen de la Presidencia. Un mandatario que llega al cargo en un contexto de desconfianza generalizada no puede darse el lujo de actuar con ligereza, menos aún cuando la política peruana está profundamente marcada por la corrupción y la informalidad en el ejercicio del poder.

Más allá de que la investigación determine o no responsabilidades penales, el hecho político es innegable. Una reunión secreta, nocturna, sin registro oficial y con un empresario extranjero, realizada en un chifa y fuera de los canales institucionales, reproduce exactamente aquello que la ciudadanía dice rechazar. Jerí insiste en que “no es Pedro Castillo”, pero los hechos evocan inevitablemente el mismo patrón: reuniones clandestinas, ausencia de transparencia y una peligrosa normalización de lo irregular.

El argumento del presidente —que es un funcionario “en constante movimiento” y que se reúne en cualquier lugar— no atenúa el problema, lo agrava. Un jefe de Estado no es un ciudadano cualquiera. Cada encuentro, cada conversación y cada gesto tienen implicancias políticas, legales y simbólicas. Minimizarlo revela una incomprensión preocupante del cargo que ejerce. No todo error es delito, pero todo error en el poder tiene consecuencias.

La comparación entre la casa de Sarratea y un chifa no es antojadiza. Cambia el escenario, pero no la lógica: evitar la institucionalidad. Y cuando se elude Palacio, Cancillería o los registros oficiales, lo que se erosiona no es solo la imagen personal del presidente, sino la credibilidad del Estado. En política, las formas también son fondo.

Hoy, más que explicaciones informales o descargos tardíos, el país necesita señales claras de rectificación. La lucha contra la corrupción no se declama, se practica. Y mientras los gobernantes sigan creyendo que pueden actuar como si el poder fuera una extensión de su vida privada, la historia seguirá repitiéndose, con distintos nombres, pero con los mismos errores.

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