Precisamente hoy, en el aniversario de nuestra hermosa ciudad de Arequipa —próxima a cumplir 500 años de fundación española— y también cerca del bicentenario de nuestra universidad, la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), resulta oportuno cerrar estas reflexiones sobre la educación peruana.
En la actualidad, un nuevo avance tecnológico recorre el mundo: la inteligencia artificial (IA). Esta herramienta ha irrumpido no solo en la vida cotidiana, sino también, con mayor fuerza, en el ámbito universitario. Muchos hablan ya de la “muerte de la universidad”. Tal afirmación podría tener cierto sentido: si la IA puede elaborar un ensayo o una monografía en segundos, diseñar un mapa conceptual o una infografía en menos de un minuto, o resolver una ecuación compleja o una fórmula química en poco tiempo, ¿para qué seguir formando profesionales bajo esos mismos estándares y criterios de evaluación? El historiador norteamericano Nils Gilman se plantea estas y otras preguntas. A ellas habría que añadir una más compleja aún: ¿cómo certificar el logro de competencias profesionales cuando hoy en día la IA parece hacerlo casi todo? Esta interrogante conduce necesariamente a otra: ¿la educación superior debe ser eminentemente práctica y técnica, es decir, limitarse a formar trabajadores con competencias para el mercado laboral? Es evidente que no podemos —ni debemos— mantener una educación superior idéntica a la de los últimos años. Es necesario cambiar, o, mejor dicho, reforzar otros aspectos. Gilman señala que existen tres competencias que la IA no puede alcanzar: generar confianza, tener criterio propio y establecer criterios de valoración. Afirma además que las ciencias llamadas a cubrir esos vacíos son las Ciencias Sociales y las Humanidades. Allí radica la gran fortaleza y ventaja comparativa de la UNSA frente a sus “similares” regionales: la Sociología está llamada a generar capital social y confianza entre las personas; La Historia y la Filosofía nos enseñan a formar criterio propio; y, la Literatura y las Artes nos ayudan a establecer criterios básicos de valoración, como la estética. Por otro lado, coincido con Gilman en que debemos regresar a la oralidad como eje de los procesos de enseñanza, aprendizaje y evaluación. Esto implica volver a los orígenes mismos de la universidad, donde la clase magistral, la defensa oral de ideas y el debate constituían el núcleo de la formación superior.
Estoy convencido de que la UNSA es la única universidad en la ciudad con la capacidad de reinventarse para sobrevivir. Y no me refiero únicamente a su continuidad institucional, sino a su permanencia en la formación de sus estudiantes y egresados. La sólida preparación en Ciencias Sociales y Humanidades debe convertirse en el sello distintivo del agustino en la era de la inteligencia artificial. Ese es el gran reto y el gran compromiso de cara al aniversario de nuestra ciudad.