EL 60% de aprobación de los peruanos en los primeros días del nuevo gobierno, según una encuesta nacional, es una cifra que hoy puede generar entusiasmo en Palacio de Gobierno, pero también debería generar preocupación:
Parece una noticia extraordinaria. Después de años de desencanto, confrontación política e inestabilidad, contar con seis de cada diez peruanos respaldando al nuevo gobierno representa un capital político considerable. Pero sería un grave error confundir ese respaldo con una legitimidad ilimitada o, peor aún, con la certeza de que el gobierno está haciendo las cosas bien.
Porque hay una pregunta elemental: ¿qué está aprobando realmente ese 60%?
Todavía no hay resultados suficientes para evaluar una gestión. No se ha solucionado la seguridad ciudadana, no se ha resuelto el problema del empleo, no se han corregido las enormes deficiencias de los servicios públicos y tampoco se ha demostrado que el Estado tenga una nueva capacidad para enfrentar la corrupción y la delincuencia.
Entonces, probablemente, una parte importante de ese 60% no está aprobando una obra realizada ni una política pública exitosa. Está aprobando una expectativa.
Y las expectativas son peligrosas cuando el poder empieza a creer que son resultados.
El Gobierno debe entender que el entusiasmo de los primeros días tiene fecha de vencimiento. La ciudadanía puede ser generosa al comienzo, pero también puede ser implacable cuando descubre que las promesas eran solamente discursos. El Perú ya ha vivido demasiadas veces esa película: gobiernos que comienzan con expectativas, acumulan rápidamente poder y respaldo, y terminan chocando contra la realidad.
Por eso, el 60% debería ser interpretado como una responsabilidad, no como una victoria.
Un gobierno inteligente aprovecha ese respaldo para construir consensos, corregir errores y emprender las reformas que el país necesita. Porque gobernar con 60% de aprobación es relativamente cómodo. Gobernar bien cuando esa aprobación empiece a caer es el verdadero desafío.
Y caerá, inevitablemente, porque ningún gobierno puede satisfacer todas las expectativas de una población que enfrenta problemas tan profundos. La delincuencia no desaparecerá con discursos. La corrupción no se combate con anuncios. La pobreza no se reduce con propaganda. Y la economía no crece con un discurso.
El verdadero examen comenzará cuando el ciudadano común mire su bolsillo, salga de su casa y tenga que enfrentarse a la inseguridad; cuando espere atención en un hospital; cuando busque empleo; cuando compare las promesas de campaña con lo que realmente está ocurriendo.
Ahí se acabará la luna de miel.
El 60% es una oportunidad, sí. Pero también es una advertencia.
La población está diciendo: confiamos en ustedes, pero demuestren que esta vez será diferente.
Y esa confianza no es propiedad del Gobierno. Es un préstamo de los ciudadanos.
Un préstamo que puede ser renovado si llegan los resultados, pero que puede ser retirado rápidamente si aparecen la soberbia, la corrupción, la improvisación o el abuso del poder.
Los primeros días pueden regalar popularidad. Solo una buena gestión puede convertirla en legitimidad duradera.