Estamos a puertas de celebrar un nuevo aniversario patrio y un cambio de gobierno. Sin embargo, se percibe que no existe una gran expectativa entre los ciudadanos, especialmente respecto a las transformaciones que deberían producirse. El poder político continúa rotando entre los mismos personajes y grupos, y quizá eso explique por qué la población ha perdido el interés y la esperanza de un verdadero cambio.
No estamos en contra de la clase política tradicional; sin embargo, es evidente que no existe una renovación de liderazgos. Un ejemplo claro es el presidente del Banco Central de Reserva, a quien debemos reconocer por la impecable conducción de la política económica, que ha permitido que nuestra moneda sea una de las más sólidas de la región. No obstante, también es importante preparar a las nuevas generaciones para asumir estas responsabilidades. Da la impresión de que existe una ausencia de nuevos cuadros profesionales y, por ello, es probable que volvamos a ver rostros conocidos que ya tuvieron la oportunidad de gobernar, pero cuyo desempeño no respondió a las expectativas de la ciudadanía.
Uno de los principales anhelos de la población es que exista una verdadera justicia. Que no se olviden los graves abusos contra los derechos humanos, el maltrato a los sectores más vulnerables y la falta de oportunidades, especialmente para los jóvenes. La política debe convertirse en un servicio al ciudadano, en favor de quienes otorgamos la representación mediante nuestro voto. Sin embargo, pareciera que nuevamente los cargos públicos comienzan a repartirse entre intereses políticos y que continuaremos con los mismos problemas: un gobierno que no escucha, una justicia que no convence, un Congreso de espaldas a la ciudadanía y entidades públicas capturadas por el poder político, lo que impide ejercer su autonomía y garantizar un verdadero equilibrio entre los poderes del Estado.
No esperamos únicamente un cambio de rostros en la representación política; esperamos un cambio de actitud. Esperamos honestidad, una lucha frontal contra la corrupción y la delincuencia, así como mejoras reales en los sistemas de salud y educación. Queremos verdaderos líderes con visión humana, capaces de desarrollar proyectos que no solo respondan a las necesidades inmediatas, sino que también aseguren un mejor futuro para las nuevas generaciones, que hoy luchan por acceder a un empleo y a un salario digno que les permita vivir con bienestar.
Los discursos demagógicos deben quedar en el pasado. La política tiene un único propósito: mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Necesitamos que las personas se sientan escuchadas, respetadas y atendidas, y que dejen de percibir al Estado como su principal adversario. El Perú no necesita otro cambio de autoridades; necesita recuperar la confianza porque cuando un pueblo deja de creer en sus instituciones, pierde mucho más que la esperanza: pierde la posibilidad de construir un futuro común.