Opinión

El remedio para la ceguera

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DIARIO VIRAL

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En el Evangelio de la misa de este domingo (Jn 9,1-41), el apóstol san Juan nos relata la ocasión en que Jesús curó a un ciego de nacimiento. Es un relato lleno de signos que hay que saber comprender para entender el mensaje que el evangelista nos quiere transmitir. Así, por ejemplo, hemos de tomar en cuenta lo que Jesús había dicho un tiempo antes y que nos lo transmite el mismo Juan: «La lámpara del cuerpo es el ojo…si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras». En lenguaje bíblico metafórico, la ceguera equivale a la falta de entendimiento (cfr. Is 6,9-10). Así, como el papa Benedicto XVI dijo hace unos años, «este hombre, que no puede ver, representa a la humanidad marcada por el pecado original…incapaz de ver a Dios, de ver, conocer la verdad, ver lo esencial» (Homilía, Capilla privada del Palacio Apostólico, 2.III.2008). Y ante esta realidad del ciego de nacimiento – signo del hombre esclavo del pecado – lo primero que llama la atención es que Jesús lo cura por propia iniciativa. El ciego no acudió a Él ni se lo pidió. Es lo que ha hecho Dios por nosotros: sin que se lo pidamos, Él ha tomado la iniciativa de venir a nuestro encuentro para salvarnos del pecado y elevarnos al conocimiento de la verdad (1Tim 2,4).

Llama también la atención el modo en que Jesús cura al ciego de nacimiento: «escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos». Como también lo explicó Benedicto XVI en su citada homilía, en la antigüedad la saliva era considerada como el aliento materializado.

En el relato de san Juan, entonces, la saliva es símbolo del “aliento” de Dios, es decir de su naturaleza divina. Y el polvo, con el cual Jesús mezcla su saliva, es signo de nuestra naturaleza humana, porque como Dios dijo a Adán: «eres polvo y al polvo volverás» (Gen 3,19). Así, el barro, formado por la unión de la saliva de Jesús y el polvo, es signo de la doble naturaleza del mismo Jesús que es verdadero Dios y verdadero hombre.

Pero el relato continúa. Después de untarle barro en los ojos al ciego, Jesús le dice: «Ve a la lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)»; y es recién cuando se lava que el ciego recobra la vista y, sólo después, reconoce a Jesús como el Hijo de Dios y, postrándose ante Él, lo adora. Lo que significa que para que alcancemos la salvación no basta que Dios se haya hecho hombre, sino que, como lo termina de explicar el papa Benedicto en su citada homilía, hace falta que nos fiemos de su palabra y nos sumerjamos en su misterio, es decir en los sacramentos, a través de los cuales Jesús entra en lo íntimo de nuestro ser, “lava” nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestra voluntad y hace de nosotros una nueva creación.

Esto es lo que nos anuncia el Evangelio de este domingo, que en la Iglesia llamamos domingo Laetare o “de la alegría”: la alegría de saber que Dios nos ama hasta el punto de haberse hecho hombre por nosotros y venir a nuestro encuentro para curarnos de la ceguera del pecado y donarnos la verdadera vista que nos permite reconocerlo presente en nuestra vida, constatar que Él nos conoce, nos ama, se ocupa de nosotros y nosotros podemos conocerlo, amarlo y caminar con Él en este mundo hasta alcanzar la plenitud del cielo.

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