En la Arequipa de los años setenta, en la oficina principal de la policía de investigaciones, uno de los agentes cerró los cajones de su escritorio, extrajo la cinta de su máquina de escribir y se la guardó en el bolsillo. Al percatarse de mí sorpresa, me dijo, “el policía que deja su cinta de máquina no la encuentra al día siguiente”.
Este año visité la ciudad de Vancouver, en Canadá. Su población es el doble que la de Arequipa. Una mañana observé en un banco público un teléfono celular olvidado. Al retornar por el mismo lugar, varias horas después, el teléfono seguía ahí.
Canadá tiene 10 millones más de habitantes que Perú y su territorio es 7 veces más extenso que el nuestro, pero sólo tiene 75 mil agentes policiales por los 135 mil en Perú.
En nuestro Perú, cuando alguien sufre un robo exige más policías, cuando la inseguridad ciudadana no se vincula con la cantidad de policías. En los años sesenta Arequipa tenía una población de 250 mil personas y 200 agentes, a razón de un policía entre 1 250 personas. Hoy, en el Perú, hay un policía entre 245 ciudadanos. Y queremos más policías.
El motivo se explica en el desvaneciendo de los valores que experimenta el pueblo. La ética y la moral, como la honestidad, la veracidad o el respeto son letra muerta. Inicié este artículo, evocando la deshonestidad entre los policías, porque el cáncer es antiguo y generalizado.
Durante las últimas décadas el pueblo acusa a sus gobernantes de corruptos. Y no les falta razón. Pero esos gobernantes son hijos del pueblo. Y me permito agregar que muchos, también son ignorantes, egoístas y coimeros. Siempre prestos a vender su alma al minero ilegal del oro, al narcotraficante o al poderoso de turno. La bandera del Perú, no la conocen.
Nuestros gobernantes tienen tanta orfandad de ética y moral, que el expresidente Castillo, por ejemplo, luego de pisotear la constitución y liderar su golpe de estado, lleva a la fecha 17 solicitudes de indultos y gracias presidenciales. Y el expresidente Toledo va por ahí.
La solución pasa por formar maestros entre los egresados más sobresalientes de la secundaria, brindándoles una formación académica brillante y ejemplares remuneraciones. Y construir escuelas - vivienda en las zonas rurales del Ande y la Amazonía, donde hay 50 mil escuelas públicas con menos de 24 estudiantes matriculados, fruto de la dispersión poblacional del país.
Escuelas – vivienda, acondicionadas para que cientos de estudiantes permanezcan varios días a la semana, formándose con maestros ejemplares, recibiendo alimentación balanceada para desterrar la desnutrición crónica infantil y aprendiendo a convivir valorativamente con su comunidad. Aprendiendo a conocerse, respetarse y explotar sus talentos.