Opinión

Inemuri: pensamientos que viajan sentados

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DIARIO VIRAL

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Mis primeros viajes en bus fueron cuando iba al colegio. Tomaba dos ómnibus cada mañana y, aunque el trayecto era siempre el mismo, nunca era igual. Iba sentado junto a la ventana, con mis cuadernos entre las piernas, y la mente en otro lugar. En esos recorridos ensayé mis primeras estrategias vitales: cómo “declarar” mi amor —con torpeza heroica— a la chica más linda del barrio, cómo iba a driblear a Nano, grandote él, o cómo inventar una excusa creíble para no hacer los mandados de mamá, pedir a mi papi, permiso a última hora o pedirle propina. El bus avanzaba; yo ya estaba viviendo otra escena.

Muchos años después, sigo viajando en ómnibus, pero ahora con el cansancio del trabajo, las preocupaciones acumuladas y ese agotamiento que se posa en los párpados sin pedir permiso. Es entonces cuando aparece el inemuri: ese dormir sin irse del todo. El cuerpo se afloja, la cabeza bambolea con el ritmo del vehículo, y uno parece ausente… aunque, no lo está.

Desde las neurociencias sabemos que el cerebro, en esos estados de somnolencia, no se apaga. Cambia de frecuencia. Aparecen las ondas alfa y theta, vinculadas a la imaginación, la memoria y la creatividad. El sistema reticular sigue vigilante: reconoce el trayecto, calcula el tiempo, registra las curvas y frenazos. Por eso, despertamos —casi milagrosamente— en el paradero exacto.

William James decía que la conciencia es un flujo, no un interruptor. Y en ese flujo hay momentos donde la razón descansa y la intuición asume el rol protagónico. No es casual que tantas ideas emerjan cuando dejamos de forzarlas. Einstein confiaba en esos estados de relajación; Poincaré los consideraba decisivos para el hallazgo creativo.

Antropológicamente, el inemuri no es evasión culpable, sino una pausa funcional. En Japón se interpreta como señal de entrega; en nuestros buses, es una forma silenciosa de resistencia cotidiana. El trabajador, el estudiante, el viajero confían su cuerpo al trayecto y su mente a un orden más profundo.

Voy dormitando. El ómnibus frena. Abro los ojos. Es mi paradero. Me levanto con la certeza extraña de haber pensado —o soñado— todo esto mientras me balanceaba, aparentemente ausente, pero íntimamente despierto. Mejor lo escribo antes que me olvide.
 

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