Cuando dos tercios de nuestros jóvenes están terminando la escuela secundaria y no pueden aplicar conocimientos y habilidades matemáticas en situaciones sencillas, el panorama es dramático. Sumemos a ello, que sólo el 26% de nuestros estudiantes pueden interpretar partes específicas de textos y comparar y evaluar argumentos.
Somos conscientes que en 1950 el 80 % de la población rural del país no sabía leer ni escribir. Aun así, dice muy mal de los gobernantes y profesores que las nuevas generaciones continúan arrastrando gravísimas deficiencias en su aprendizaje escolar.
Recientemente conocimos el resultado de las evaluaciones internacionales de rendimiento escolar, denominadas PISA, a la cual se sometieron 93 países. Y como sucede cada 3 años los resultados ratifican que la educación que reciben nuestros niños y adolescentes es deficiente. Especialmente, en las 51 mil escuelas públicas ubicadas en el Ande y la Amazonía.
La responsabilidad para que 2/3 de los estudiantes no llegan al umbral básico para aplicar conocimientos y habilidades matemáticas en situaciones sencillas, involucra a toda la sociedad, pero específicamente a los gobernantes por no priorizar este deber primario.
Todos somos conscientes que un pueblo ignorante, alejado de las ciencias y la cultura, no puede desarrollarse para satisfacer sus necesidades y aspiraciones. Y la ignorancia sólo se vence cuando el pueblo logra la capacidad de conocer, analizar y decidir valorativamente, el resultado de sus actos personales y sociales. Cuando se tiene capacidad para generar riqueza y utilizarla con sabiduría, venciendo anacrónicos sentimientos de racismo.
Educar a nuestra juventud implica tener profesores muy enterados, responsables y con la necesidad de pertenencia muy desarrollada en favor de su sociedad. Un ideal que necesita la creación de universidades pedagógicas de primer nivel, para que preparen a los mejores estudiantes egresados de la secundaria, a quienes debería remunerárseles como corresponde por ser los forjadores de las nuevas generaciones.
Sin olvidar que dos terceras partes de las 51 mil escuelas existentes en el área rural, carecen de servicios básicos, apenas tienen un promedio de 24 estudiantes matriculados y dos profesores. Un gravísimo problema derivado de la dispersión poblacional del Ande y la Amazonía, principalmente.
Y no obviemos un flagelo oculto, pero a la postre, más graves que las escuelas sin servicios básicos es la anemia y la desnutrición crónica infantil que resta vida a una quinta parte de nuestra niñez, en zonas rurales. Elevar la calidad de la educación que imparte el Estado a los niños y en muchos colegios particulares, es el camino ideal para combatir la pobreza.