Hay disculpas que llegan tarde. Y cuando llegan tarde, dejan una sensación incómoda: alivio por el reconocimiento, pero también una inevitable pregunta sobre todo el tiempo perdido. La imagen de cardenales y representantes del Vaticano arrodillados ante comuneros de Catacaos tiene una enorme carga simbólica. Es potente, conmovedora y hasta histórica. Pero también evidencia una verdad dolorosa: la Iglesia recién escuchó cuando el conflicto ya había dejado cicatrices profundas.
Durante años, familias de la comunidad campesina denunciaron amenazas, procesos judiciales, hostigamientos y conflictos relacionados con tierras vinculados al Sodalicio. Mientras ellos insistían, protestaban y pedían ayuda, la institución guardaba distancia. Recién ahora, con el Sodalicio disuelto y con el escándalo convertido en una herida pública imposible de ignorar, llega el perdón. Y aunque pedir disculpas es un acto de valentía institucional, también expone una falla estructural: ¿por qué las víctimas deben esperar décadas para ser escuchadas?
La frase del enviado del Vaticano, Jordi Bertomeu —“tendríamos que haber llegado hace 20 años”— probablemente fue la más sincera de toda la ceremonia. Porque resume el verdadero problema. No solo se trata de reconocer un error, sino de admitir una ausencia. Las instituciones religiosas suelen hablar de acompañamiento, cercanía y justicia social; sin embargo, muchas veces esas palabras pierden sentido cuando las personas más vulnerables quedan solas frente al poder.
El perdón tiene valor, pero no puede convertirse en punto final. La reparación verdadera no termina en una misa ni en una fotografía histórica. Empieza cuando las instituciones aprenden a escuchar antes del escándalo, antes de la presión pública y antes de que las víctimas se cansen de pedir ayuda. Porque las disculpas pueden aliviar la memoria, pero la justicia es la única capaz de cerrar una herida.