Opinión

La lógica de Dios

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Este domingo celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, comúnmente conocida como el Día de los Reyes Magos, en alusión a esos magos de Oriente que guiados por una estrella se pusieron en camino en búsqueda del rey de los judíos, que según sus presagios habría nacido en Israel (Mt 2,1-2). Para comprender este acontecimiento es preciso aclarar que, en tiempos de Jesús, en los pueblos de Oriente se llamaba magos a ciertas personas que se dedicaban a la investigación de las religiones y de los astros y, a partir de ahí, por medio de diversos razonamientos, llegaban a ciertas conclusiones que les permitían deducir hechos sucedidos o, en algunos casos, intuir hechos futuros. Es sabido que en Babilonia se desarrolló bastante esa práctica, como también en China y en otros lugares. Es posible concluir, entonces, que esos magos conocían la profecía de Balaam transmitida en las sagradas escrituras de los judíos: «de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Nm 24,17), y que al divisar en el firmamento una estrella inusual llegaran a la conclusión de que en Israel había nacido el rey mesiánico que los judíos esperaban y que traería la paz para el mundo entero.

Es así como nuestros magos se ponen en camino para ir al encuentro del nuevo rey y van donde Herodes, que era por entonces el rey de los judíos y cuyo palacio quedaba en Jerusalén. Herodes, que no conocía las sagradas escrituras, llama a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, expertos en ellas, quienes les informan que, según las profecías, el Mesías debía nacer en Belén (Miq 5,1). Grande sería la sorpresa de los magos al enterarse de que el nuevo rey no había nacido en el palacio real, ni en la capital de Israel, sino en una pequeña aldea de la periferia. No obstante, continúan su camino y, en efecto, encuentran a Jesús y lo adoran. Los sumos sacerdotes y los escribas, en cambio, se quedan donde están y continúan con sus labores habituales. Herodes, por su parte, temiendo que ese niño le quite el reino decide matarlo. Hasta aquí los hechos. Veamos ahora el mensaje para nosotros, hoy.

En primer lugar, estos hechos nos revelan que la lógica de Dios es distinta de la de los hombres. Según la lógica humana, un rey debe nacer en el palacio real y rodeado del boato correspondiente. En la lógica de Dios, en cambio, Jesús, el rey de reyes, nace en un establo, un lugar en el que no habitan ni siquiera los pobres, es decir que Dios se hace más pobre que los pobres; y, como bien dice san Pablo, lo hizo para enriquecernos (2Cor 8,9). En segundo lugar, el acontecimiento que nos ocupa nos recuerda que, ante el nacimiento de Jesús, también nosotros tenemos tres posibilidades: reconocer en él al Mesías e ir a su encuentro, como los magos; o aceptar que el Mesías ha nacido, pero continuar con nuestra vida como si nada hubiera sucedido, como los sumos sacerdotes y los escribas; o, peor aún, no aceptar que Dios reine en nuestra vida e intentar deshacernos de Él, como Herodes. La decisión está en cada uno y Dios respeta nuestra libertad, pero permítanme terminar diciéndoles que, según narra el mismo Mateo, sólo los magos quedaron «llenos de inmensa alegría» (Mt 2,10).

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