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La tradición también necesita obediencia

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Arequipa es conocida como la Roma del Perú desde que Pío XII la declaró en 1940. No se trata únicamente de un apelativo histórico. Es una forma de entender la pertenencia a la Iglesia desde una convicción resumida durante siglos en una frase latina: Omnia cum Petro, nihil sine Petro. Con Pedro todo; sin Pedro nada.

Esa expresión vuelve a cobrar actualidad tras el reciente decreto del Vaticano que declaró cismática a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y confirmó la excomunión latae sententiae de quienes participaron en la consagración de cuatro obispos sin mandato pontificio. La decisión no nació de un impulso repentino. Fue el desenlace de casi cuatro décadas de intentos por evitar una ruptura que finalmente se consumó.

Conviene distinguir los conceptos. La herejía rechaza una verdad de fe. La apostasía abandona la fe cristiana. El cisma rompe la comunión con el romano pontífice y con la Iglesia unida a él. No necesariamente niega los dogmas, pero sí rechaza la autoridad que Cristo confió al sucesor de Pedro.

El papa León XIV agotó los caminos del diálogo. Dos días antes de las consagraciones dirigió una carta al superior de la fraternidad. Les pidió que desistieran de su propósito y les recordó que lacerar la túnica de Cristo constituye una falta de extrema gravedad. La petición fue desoída y las ordenaciones se realizaron igualmente.

La respuesta de la Santa Sede no debe entenderse como un gesto de represalia. La excomunión, según el Derecho Canónico, tiene carácter medicinal. Busca provocar la reflexión, favorecer el arrepentimiento y abrir el camino del regreso a la plena comunión. La Iglesia nunca deja de esperar el retorno de sus hijos.

En Arequipa, donde nunca prosperó la implantación de esa Fraternidad, este episodio también invita a examinar nuestra propia fidelidad. La comunión eclesial no se mantiene por simpatías personales hacia un pontífice ni por preferencias litúrgicas. Descansa sobre el mandato del Evangelio: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Vivimos tiempos en los que la autonomía suele presentarse como la máxima expresión de libertad. Sin embargo, toda comunidad necesita un principio de unidad.

También la Iglesia. Cuando cada grupo pretende convertirse en su propia autoridad, la comunión termina fragmentándose y la verdad queda subordinada a la voluntad de cada uno.

La tradición auténtica nunca rompe con la Iglesia que la ha custodiado durante siglos. La fortalece desde dentro. La fidelidad no consiste en conservar solamente las formas del pasado, sino en permanecer unidos a la roca sobre la cual Cristo edificó su Iglesia. Esa ha sido siempre la enseñanza de Arequipa y continúa siendo una brújula segura para nuestro tiempo.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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