La llegada de una nueva alcaldesa a la Municipalidad Provincial de Arequipa debía significar un cambio real, un quiebre con las prácticas que hundieron la gestión de Víctor Hugo Rivera. Sin embargo, la decisión de mantener a los mismos funcionarios de confianza que fueron parte de ese ciclo oscuro es un error que compromete la credibilidad de la nueva administración. Gobernar con el mismo equipo que acompañó la improvisación, la falta de transparencia y las irregularidades es, en los hechos, prolongar la herencia de Rivera.
La política no admite ingenuidad: quienes fueron cómplices de la neutralidad vulnerada, de los favores a intereses privados y de la incapacidad para resolver los problemas de la ciudad, no pueden ser ahora los garantes de un supuesto nuevo rumbo. La ciudadanía esperaba un golpe de timón, una señal clara de que la institucionalidad se recupera. Lo que se ha dado, en cambio, es continuidad disfrazada de renovación.
No se puede ni se debe dormir con el enemigo. La confianza pública se construye con decisiones valientes, no con cálculos de conveniencia. Mantener a los mismos rostros es enviar el mensaje de que nada cambia, de que las redes de poder siguen intactas y de que la impunidad se recicla. La alcaldesa tiene la obligación de demostrar que su liderazgo no es rehén de compromisos heredados ni de pactos silenciosos.
Arequipa necesita un gobierno que se atreva a cortar de raíz las malas prácticas, que convoque a profesionales probos y que devuelva la esperanza de una gestión transparente. La continuidad de los funcionarios de Rivera es una traición a esa expectativa. La nueva autoridad debe entender que la legitimidad no se gana con discursos, sino con hechos. Y el primer hecho que se esperaba era limpiar la casa.
La ciudad no puede seguir gobernada por quienes ya demostraron su incapacidad. La alcaldesa tiene que elegir: ser recordada como la que consolidó el cambio o como la que prefirió convivir con el enemigo.