La escena en Arequipa fue clara: vecinos con casas destruidas, familias durmiendo sobre lodo y adultos mayores pidiendo reubicación inmediata. En medio de ese clamor, el presidente interino José María Balcázar llegó a la ciudad, pero su presencia fue breve y sin anuncios concretos que respondieran a la magnitud de la emergencia.
La ciudad enfrenta lluvias que han golpeado a más de 2000 famiias que lo perdieron todo. Sin embargo, no hubo presentación de maquinaria inmediata ni un presupuesto extraordinario específico para atender a los damnificados. La agenda presidencial comenzó en la sede del Gobierno regional, donde sostuvo una reunión con alcaldes y el gobernador. Allí se centró en informes técnicos.
Después se trasladó al sector de Villa Continental, en Cayma. Permaneció apenas cinco minutos. Observó una torrentera a distancia y no recorrió las calles dañadas ni ingresó a las viviendas afectadas. Mientras tanto, decenas de vecinos gritaban pidiendo ayuda urgente. Muchos de ellos viven desde hace más de 30 años en la zona y hoy ven sus casas al borde del colapso.
La presidenta del Consejo de Ministros, Denisse Miralles, anunció una asignación de S/100 000 por distrito declarado en emergencia y reconoció que el monto no es suficiente.
Pero una frase generó indignación: “No se puede escuchar si la población grita”. Para quienes han perdido casi todo, el grito no es desorden, es desesperación.
Arequipa necesita más que reuniones y declaraciones. Necesita maquinaria en las zonas críticas, presupuesto ágil, reubicaciones responsables y decisiones firmes. Cuando la población suplica ayuda, el Estado debe responder con acciones visibles y rápidas, no con visitas simbólicas y sin soluciones reales.