Las recientes recomendaciones del Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) ante la inminencia de lluvias intensas y el fenómeno El Niño vuelven a poner sobre el tapete la histórica vulnerabilidad de nuestras ciudades, especialmente en regiones como Arequipa.
Reforzar techos, preparar la mochila de emergencia y limpiar desagües son medidas de autoprotección indispensables a nivel familiar; sin embargo, estas acciones individuales resultan insuficientes cuando el Estado falla en su responsabilidad técnica básica. La descolmatación tardía e incompleta de los cauces de ríos y torrenteras deja a la población en una situación de permanente indefensión ante el riesgo inminente de huaicos y desbordes.
La cruda realidad que se vive en la torrentera Chullo de Arequipa expone la grieta más profunda de la gestión pública: la desconfianza ciudadana hacia sus autoridades. Resulta inaceptable que, contando con presupuestos asignados —como los 400 mil soles informados por el diputado Edgar Gonzáles—, las familias de la zona de alto riesgo prefieran organizarse de forma autóctona antes que esperar la ayuda oficial. Esta respuesta comunitaria, aunque heroica, evidencia la incapacidad y la lentitud de los gobiernos locales y regionales para ejecutar obras de prevención estructurales. La inacción gubernamental obliga a los vecinos a asumir con sus propios recursos tareas de protección que corresponden por derecho a la administración pública.
La prevención frente a desastres naturales no puede gestionarse con anuncios vacíos ni con partidas presupuestales que quedan estancadas en el papel. El Estado debe entender que la preparación efectiva se construye mucho antes de la emergencia y con un liderazgo técnico transparente que devuelva la confianza a las comunidades. Garantizar la seguridad ciudadana implica fiscalizar de forma rigurosa cada sol destinado a la gestión de riesgos y articular brigadas comunitarias capacitadas y verdaderamente equipadas. Frente a la amenaza del fenómeno El Niño, la vida de miles de peruanos no puede quedar librada a la suerte ni a la autogestión de los propios vecinos.