Opinión

¿Quién escucha ahora nuestras preguntas?

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DIARIO VIRAL

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Hace algunos años era común ver perros caminando solos por las calles de mi urbanización. Tenían dueño, pero también una extraña libertad. Salían a recorrer las calles y, al caer la tarde, regresaban a casa. Hoy, la escena es muy distinta. Las mascotas ocupan un lugar privilegiado dentro de la familia. Tienen coche, ropa, seguros médicos y hasta celebran cumpleaños.

Algunas, incluso reciben millonarias herencias. Al mismo tiempo, muchas parejas jóvenes deciden no tener hijos y vuelcan su afecto en un animal de compañía. Más sorprendente aún: cada vez más personas prefieren conversar con una inteligencia artificial antes que con otro ser humano.

Las relaciones están cambiando silenciosamente. No solo cambian nuestras costumbres; también cambia la forma en que buscamos compañía, alivio y respuestas.

Las consultas más frecuentes a la inteligencia artificial giran alrededor de dos grandes temas: la salud y el amor. No es casualidad. Son los ámbitos donde más vulnerables nos sentimos.

Antes, ante un malestar, preguntábamos al familiar que había vivido una experiencia similar, luego al farmacéutico del barrio y finalmente al médico. Hoy, el primer interlocutor suele ser una pantalla capaz de responder en pocos segundos.

Con el amor ocurre algo parecido. Entre muchos jóvenes, la inteligencia artificial se ha convertido en confidente, consejera y hasta redactora de mensajes sentimentales. Antes, ese lugar lo ocupaban los amigos, una hermana mayor o la tía de confianza. Hoy, muchas conversaciones que fortalecían los vínculos humanos terminan depositadas en un algoritmo.

Existe un fenómeno del que casi no hablamos: el desplazamiento de los confidentes. De niños acudimos a nuestros padres; luego a los maestros, los amigos y la pareja. Más tarde llegaron la radio, los periódicos, Internet y ahora la inteligencia artificial. Nunca habíamos sustituido tan rápidamente a las personas por una tecnología.

La paradoja aparece cuando observamos a los adultos mayores. Mientras los jóvenes preguntan cómo conquistar a alguien, muchos ancianos simplemente buscan a quien los escuche. Sus hijos viven ocupados, sus nietos tienen prisa y muchos de sus amigos ya no están. La inteligencia artificial recuerda el nombre de la esposa fallecida, continúa conversaciones anteriores y revive recuerdos compartidos. No porque sienta afecto, sino porque conserva el contexto del diálogo. Para quien vive en soledad, esa continuidad puede convertirse en un verdadero consuelo.

Cuando Aristóteles enseñaba caminando con sus discípulos, recordaba que el ser humano es social por naturaleza. Las neurociencias confirman hoy esa intuición: ser escuchados reduce la sensación de amenaza, regula nuestras emociones y fortalece nuestro bienestar. Una conversación auténtica transmite mucho más que información; comunica presencia, comprensión y afecto.

La inteligencia artificial no está reemplazando las relaciones humanas; está ocupando los espacios que nosotros hemos dejado vacíos. Tal vez, el gran desafío de nuestro tiempo no sea construir algoritmos más inteligentes, sino volver a estar disponibles para escuchar. Porque ninguna tecnología, por extraordinaria que sea, podrá sustituir el inmenso valor de una presencia humana.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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