El accidente de la aeronave que trasladaba turistas para sobrevolar las Líneas de Nasca no solo deja trece vidas perdidas y familias destrozadas; también golpea la imagen de un país que tiene en el turismo una de sus principales cartas de presentación ante el mundo.
Cada visitante que llega al Perú deposita su confianza en que regresará a casa con recuerdos inolvidables, no convertido en una víctima de una tragedia que aún espera explicación. Hoy las investigaciones deben determinar qué ocurrió durante esos 51 minutos de vuelo, pero la prioridad también es garantizar absoluta transparencia y aprender de lo sucedido para que no vuelva a repetirse.
La reacción del Gobierno al evaluar una eventual suspensión temporal del aeropuerto de Pisco demuestra que existen preocupaciones sobre las condiciones en las que operan estos servicios turísticos.
Sin embargo, las decisiones no pueden responder únicamente a la presión del momento. La seguridad aérea exige controles permanentes, mantenimiento riguroso de las aeronaves, fiscalización técnica y supervisión constante de las empresas que realizan vuelos turísticos.
Esperar a que ocurra una tragedia para revisar protocolos nunca será una política aceptable.
Las Líneas de Nasca representan uno de los mayores patrimonios culturales de la humanidad y miles de visitantes las contemplan cada año desde el aire. Ese privilegio debe ir acompañado de la máxima seguridad posible.
El Perú no solo debe investigar con rapidez y sancionar eventuales responsabilidades, sino demostrar al mundo que la vida de quienes lo visitan vale más que cualquier interés económico. Recuperar la confianza será mucho más difícil que reconstruir una aeronave; dependerá de que las autoridades conviertan esta tragedia en el punto de partida para fortalecer la seguridad del transporte turístico nacional.