En 1968 visité un franciscano inmueble de adobe y calamina, en la plaza de armas de la provincia de Melgar, en Puno. Era el local de la Municipalidad. En uno de sus estantes de madera se mostraba dos placas de bronce, evocando las últimas palabras del héroe Mariano Melgar, pronunciadas el 12 de marzo de 1815.
En la placa más pequeña se leía, “Un arequipeño no se rinde jamás”. Y en la otra, “A mí no me van a vendar los ojos, fusílenme, América será libre antes de los 10 años”.
El primer auditor de guerra peruano enfrentó su fusilamiento, a los 25 años, al día siguiente que el ejército patriota perdió la batalla de Umachiri ante el ejército español. Los San Martín, Bolívar y Sucre, vendrían después.
En estos días aciagos de nuestra vida política, a veces bucear en páginas acrisoladas de nuestra historia nos recuerda que el Perú no cayó del cielo. Nuestra patria se edificó con la sangre noble de los Olaya, Melgar, Grau o Bolognesi, a quienes los vocablos racismo, egoísmo, mercantilismo, delincuencia, mediocridad o ignorancia, nunca les alcanzó.
Siendo objetivos, es difícil encontrar páginas impolutas en la vida azarosa de los candidatos Fujimori y Sánchez, porque no son estadistas. Sánchez, durante sus 5 años de congresista demostró mediocridad, como la gran mayoría de congresistas. Y ahora anuncia un Perú socialista, sectario, reñido con el capital privado y amoldado a la Cuba de los últimos 67 años. Y la señora Fujimori arrastra una mochila muy pesada por las graves deficiencias del segundo gobierno de su padre y por las suyas propias.
Así como nuestro Perú es un país con gran riqueza de fauna, flora y variedad minera, también tiene peldaños de complejidad muy grandes. No olvidemos, por ejemplo, que una cuarta parte de la población vive en zonas rurales y dispersas, motivo por el cual 51 mil escuelas públicas funcionan en el Ande, con un promedio de 24 estudiantes por escuela. Esa grave deficiencia se mantiene porque a los gobernantes nunca les importó ni entenderla.
Evocar esas frases de Mariano Melgar, en la antesala de su fusilamiento, me llevan a sostener que mientras exista un arequipeño de pie, tenemos que seguir trabajando en la ejecución de aquellas tareas pendientes que se llaman Majes Siguas II, Tía María, Corio y ordenar la caótica y contaminada Arequipa, desterrando el anarquismo social.
Los arequipeños debemos estar conscientes, a la hora de las ánforas, que sólo hay un camino para el progreso hegemónico del pueblo: el trabajo, la generación de riqueza, elevar los niveles de educación y cultura, desterrar el racismo y la anarquía. Durante 205 años somos un país, pero estamos muy lejos de ser una nación. Trabajemos para logarlo.