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Verdad o mentira

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—Ya vas a dormir con ese celular en la mano —protestó Elsa mientras acomodaba las almohadas.

—Y tú con ese noticiero —respondió Óscar sin despegar la vista de la pantalla.

Era una discusión de casi todas las noches. Elsa desconfiaba de las redes sociales; Óscar sospechaba de la televisión. Ella sostenía que en internet cualquiera inventaba una noticia. Él replicaba que los medios también habían aprendido a construir su propia versión de la realidad.

Curiosamente, ambos tenían algo de razón.

Vivimos en la era de las narrativas. Ya no siempre hace falta ocultar los hechos; basta con vestirlos de otras palabras. Un despido se convierte en una “reestructuración”, una mentira en una “imprecisión”, un fracaso en una “reingeniería” y un delito en una “irregularidad”. Poco a poco, el lenguaje deja de describir la realidad para empezar a maquillarla.

Si esa versión se repite una y otra vez, termina instalándose en el imaginario colectivo como si siempre hubiera sido cierta.

Las neurociencias explican que el cerebro utiliza atajos para no naufragar en el océano de información que recibe cada día. Cuando una idea nos resulta familiar, tendemos a creerla con mayor facilidad. Y si, además, confirma lo que ya pensábamos, rara vez sentimos la necesidad de contrastarla. Nos gusta tener razón. Cambiar de opinión exige un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a realizar.

Quizá por eso recordé aquel viejo cuento del rey que desfiló desnudo convencido de llevar el traje más hermoso del mundo. Nadie se atrevía a decir la verdad, porque todos creían que los demás sí podían verla. Bastó la voz de un niño para romper el hechizo.

La manipulación comienza cuando dejamos de buscar la verdad y empezamos a defender la versión de los hechos que mejor acomoda a nuestras creencias 

En tiempos de sobreinformación, la manipulación encuentra un terreno fértil. Las pantallas compiten por nuestra atención, pero la verdad no depende del número de reproducciones, de los “me gusta” o de las veces que una historia se comparte. Depende, como siempre, de los hechos.

Elsa apagó el televisor. Óscar dejó el celular sobre la mesa de noche.

—¿Quién tendrá la razón? —preguntó ella.

Óscar guardó silencio unos segundos.

—No lo sé... pero quizá los dos deberíamos desconfiar un poco más de lo que creemos.

La habitación quedó a oscuras.

Las pantallas se apagaron.

Ojalá, también descansen, por un momento, nuestros prejuicios.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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