El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos se intensificó tras la muerte del líder supremo Ali Khamenei, desencadenando bombardeos masivos y ataques contra infraestructura energética. Irán respondió con misiles sobre territorio israelí que dejaron al menos diez muertos, mientras Washington y Tel Aviv ampliaron sus operaciones en Teherán y el Líbano. El presidente Donald Trump afirmó que la ofensiva continuará con “toda fuerza”, aunque dejó abierta la puerta a un eventual diálogo con un nuevo liderazgo iraní.
La escalada militar impactó de inmediato en el mercado energético global. La empresa QatarEnergy suspendió su producción de gas tras ataques iraníes, lo que provocó un alza de 45 % en los precios en Europa. Además, drones alcanzaron la refinería saudí de Ras Tanura y un petrolero en el Mar de Omán, amenazando el suministro mundial de crudo. En medio del caos, Kuwait derribó por error tres aviones F-15 estadounidenses en un incidente de “fuego amigo”, aunque los pilotos sobrevivieron.
Desde Washington, Trump confirmó que la operación militar —bautizada como “Epic Fury”— avanza “mucho más rápido de lo previsto” y no descartó el envío de tropas terrestres. “No tengo reparos respecto a las botas sobre el terreno; no digo que no las habrá”, declaró a The New York Post.
El mandatario aseguró que 49 altos funcionarios iraníes murieron en la primera jornada y justificó los ataques señalando la destrucción de una instalación nuclear secreta. “Querían fabricar un arma nuclear, así que los destruimos por completo”, afirmó.
Pese a la magnitud de la ofensiva, el Organismo Internacional de Energía Atómica confirmó que no se registran daños en instalaciones nucleares declaradas ni niveles anómalos de radiación. Sin embargo, la tensión se extiende al Mediterráneo y al Golfo Pérsico, elevando el riesgo de una guerra regional de gran escala.